Reforma laboral, la nueva hora del grillete

¿La injustificable larga pausa del empleo registrado justifica volver a la servidumbre? ¿Es la marginalidad laboral lo que alienta la reforma laboral, o apenas se trata de acabar con la osadía de discutir la distribución de la renta nacional?

 

Listo, ya, dejemos a un lado la clásica defensa de todos los gobiernos de origen popular que han gobernado estos 40 años, originales o mixturados (por derecha y por izquierda): los medios no nos dejan gobernar, le hacen siempre el trabajo sucio a la derecha; aún en democracia el poder es de las corporaciones, no del pueblo; la oligarquía no nos deja porque venimos a restaurar derechos conculcados. En honor a las víctimas sociales de tanto fracaso profanemos todas las certezas; nos lancemos a ese mar embravecido donde derivan las preguntas incómodas. Porque, aunque todo lo precedente pueda explicar esta devastación, solo tenemos la organización política para plantar batalla, la capitulación no es una posibilidad.

Perón ganó en el 46 con los medios en contra y lo echaron a punta de fusil con la prensa a favor; a Trump le pasó lo mismo esta última vez, y en el caso de este horrendo sujeto fue peor, estaba en el ojo de la tormenta mediático por delitos graves. Sin ir más profundo en ese abismo insondable que es el ánimo del elector en las horas previas y en la soledad del cuarto oscuro, lo primero que parece haber pasado con la irrupción Milei es que las administraciones que le precedieron fueron solo defección y mala praxis. Inflación, empleo estancado, crecimiento exponencial de trabajo informal aún en la burocracia – como que de eso se aprovechó el desalmado ultra para echar de las oficinas públicas a trabajadores de 20 años de antigüedad, en negro -, inseguridad en las calles y el desdén progresista bajo aquella estúpida sentencia, al criticar “le estás haciendo el juego a la derecha”, corrupción incontestable, arrogancia intelectual de funcionarios e intelectuales orgánicos, Fernández fajando a Fabiola, en fin, un plato lleno de comida en mal estado como para invitar a la mesa a tantos desconocidos y desconfiados argentinos.

No se regodeen los liberales, este prólogo solo opera en este texto como dique de contención a la embestida que sobreviene a la crítica de la marcha ultraderechista en el país; para evitar que se prodigen en plantear lo que yo ya estoy admitiendo arriba: no venimos de Finlandia, más bien de Sierra Leona. Punto. Aceptado, la UCR primero y el peronismo después hicieron todo lo posible para autodesacreditarse y sembrar de mojones el camino a este artefacto humano de destrucción que es Javier Milei y sus hunos liberales.

Ahora bien, respecto de lo proyectado por el gobierno nacional, siempre remontando a lo que considera el momento luminoso del país, 100 años atrás, es hoy imprescindible sofocar esa pretensión esgrimiendo el retrato del mundo del trabajo esclavo de la época, para que se enteren los millones de adeptos que apoyan una reforma laboral desde la intemperie más absoluta, creyendo que pulverizando los derechos de los demás se multiplicarán los suyos, como los panes y peces bíblicos.

Gatea el siglo XX, gobierna Julio A. Roca. Sobre el escritorio del presidente se amontonan los reclamos por las condiciones de desprecio absoluto del empresariado por las condiciones de trabajadores de todas las ramas. En el campo el criollo tiene menos recreo que su caballo; en la ciudad el gringo suda sin pausa talleres insalubres. Es la hora sin ley, y el momento de aceleración de la plusvalía; Argentina ya hace rato asumió el rol que le impusiera el capitalismo ultramarino, la división internacional del trabajo se ejecuta sin más: frutos de la tierra para exportar, productos manufacturados entrando irrefrenablemente. Sobre aquella despiadada escena laboral el Instituto de Investigaciones Históricas del Museo Roca dirá: “En muchos oficios fabriles el día de trabajo podía alcanzar las doce horas, mientras que en el campo la jornada se extendía, prácticamente, de sol a sol. En los ingenios, en época de cosecha se trabajaba durante catorce horas diarias”.

¿Es esta coordenada histórica la que guía los anhelos del maleducado principal de Balcarce 50? ¿La injustificable larga pausa del empleo registrado justifica volver a la servidumbre? ¿Es la marginalidad laboral lo que alienta la reforma laboral, o apenas se trata de acabar con la osadía de discutir la distribución de la renta nacional?

Tres años después que Mitre fundara el diario que hoy propaga la fe mileista y juega al tiro al blanco con peronistas opositores, nacía en España el hombre que iba a escrutar en ese territorio profundo del abuso brutal de seres humanos. Juan Biallet Massé, médico y abogado, recoge el encargo del ministro de Interior Joaquín V. González y se lanza sobre catorce provincias pobres para desentrañar esa clave tan humana de la explotación de otro congener. Sus notas e informes traducidos en tres volúmenes monumentales se conocerán como “Informe de las clases obreras” en Argentina, y será este trabajo la viga madre sobre la que descanse el Derecho Laboral.

Escuchemos lo que le que le decían al catalán cuando se sentaba frente a los patrones; después de inspeccionar el ferrocarril en Mendoza, consigna que “el señor administrador es un manchesteriano puro; cree que el gobierno no tiene por qué meterse en la cuestión trabajo de una empresa comercial, aunque cree que en caso de huelga debe prestar la fuerza pública. Cree también que las huelgas son un mero producto de agitadores interesados en promoverlas y vivir del obrero. Preguntándole si había algún reglamento base para determinar el monto de las indemnizaciones en los accidentes de trabajo, me contestó ´el reglamento soy yo´ (Revolución y Contrarevolución en la Argentina/ Jorge A Ramos).

Diseccionando el párrafo precedente hay: primero, una idea cristalizada en los dueños del capital respecto del libre albedrío, o sea, ninguna regulación debe obturar su tasa de rentabilidad. Segundo, el contribuyente debe pagarle al policía que muele a palos a los levantiscos. Por último, los obreros son estúpidos y solo protestan porque así crece el negocio de los sindicatos. La sintonía con el discurso dominante en los medios libertarios es absoluta. No es coincidencia. Es postulado político, mil veces recreado.

Del mismo modo con que ejecuta su plan antiinflacionario, o sea, destruyendo la estructura económica del endeble país que siempre fuimos, Milei embiste contra el litigio laboral detonando el derecho del proverbialmente sujeto más débil en la relación obrero-patrón. Es impericia para detectar las claves del presunto negocio de voraces abogados laboralistas, o se trata apenas de un pretexto para volver a la edad de piedra del capitalismo. El cronista no tiene la habilidad necesaria para velar su propia conclusión…

En esta hora mercenaria donde el ser nacional se hunde en desprecio y agravio, se vuelve tan luminoso como necesario la mirada de Ricardo Rojas, obsesionado por la suerte de los nacidos en esta patria: “Seremos argentinos cuando sintamos en nosotros la adherencia que tuvo el indio con su suelo (…); cuando sintamos la plasticidad del gaucho con su horizonte panpeano (…); cuando tengamos la capacidad para el trabajo disciplinado como el gringo; y cuando no seamos ni indios, ni gauchos, ni gringos, sino argentinos” (La historia imaginada / Hernán Brienza).

 

 

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