Salarios parlamentarios, la desigualdad como ordenador social

El periodista que se expresa aquí fue uno de los que creyó ineludible la actividad política del Congreso cuando la pandemia estaba lejos de ser esta tragedia que es hoy. Pero los parlamentarios decidieron que debían preservarse, y así lo hicieron; mientras tantos trabajadores y trabajadoras se jugaban el cuero en la patriada por la salud colectiva, o para asegurar la comida a tantos urgidos, o para proveer servicios que no podían parar. No es un lugar común caracterizar a la dirigencia política como privilegiada. Lo es.

Sombrío es el rostro que se adivina debajo de esa semitapadura que impone el barbijo; unos ojos entre destemplados y rencorosos miran anhelantes las golosinas que se levantan como una barrera entre la hilera de clientes y las cajas para cobrar. El supermercado está repleto, la cola va rápido a pesar de todo; con lo cual, el cronista pudo haber dejado cerrada la boca, que el tiempo correría igual de veloz. Pero no, se le ocurre comentar que la empresa, el súper (Disco), decidió ignorar la ordenanza que impone un retiro de 3 metros alrededor de esas cajas que festejan cada nueva compra; “a mí me parece bárbaro, que se queden allí…no estamos de acuerdo, evidentemente”, me corta. Con la estúpida inútil idea de aquel que intenta promover el arte en medio de una pelea de barrabravas, le suelto, “sí, está bien, solo digo que hay una ordenanza que los obliga, no se me ocurre a mí”… casi pisando mis últimas palabras, de nuevo el tipo: “¡A los concejales debería darles vergüenza!”…Decido que ya es hora de cerrar definitivamente la boca y dejarlo al tipo con su furia indefinida. No le gustan los políticos, ese me queda muy claro.

Apenas un rato más tarde, me ubico en la cola que espera ingresar a otro comercio (llenos los negocios en ese día sábado donde volvía todo a paralizarse); el jubilado se afana en una prédica liberal para que su interlocutora no se engañe y lo reconozca, irrevocablemente, como anti peronista: “La Kirchner…”, no puedo recordar las frases con la literalidad que merecería esta recreación, pero lo que si advierte el autor es que CFK escala a la dimensión de demonio para este hombre en el ocaso de si vida; al final remata, para que la fila entera sepa de su desasosiego: “Son todos lo mismo”…

Dos expresiones de rechazo a la dirigencia política que a nadie sorprende a estas alturas, atento a su mucha contribución a la irritación general en medio de precios que son un disparate; salarios que desnudan impotencia; pobreza escandalosa; jubilados que cuentan las monedas; y esta peste que está a nada de triplicar la cantidad de desaparecidos en siete años de represión criminal, hace casi 40 años.

Esa bronca que al “subsuelo de la patria” lo subleva pero que lo impulsa a poco más que un lamento contenido, se alimenta todos los días con aumentos insufribles de todos los productos; los que maneja la economía concentrada, naturalmente; pero también los que impone el gobierno, para volver a encender el horno de la inflación: el combustible, el que usa toda la cadena de distribución, el que es un precio igual de peligroso para la economía como el dólar.

El periodista que se expresa aquí fue uno de los que creyó ineludible la actividad política del Congreso cuando la pandemia estaba lejos de ser esta tragedia que es hoy. Pero los parlamentarios decidieron que debían preservarse, y así lo hicieron; mientras tantos trabajadores y trabajadoras se jugaban el cuero en la patriada por la salud colectiva, o para asegurar la comida a tantos urgidos, o para proveer servicios que no podían parar. No es un lugar común caracterizar a la dirigencia política como privilegiada. Es privilegiada. Tienen los representantes demasiado patrimonio y muy poca empatía con sus representados. Entre sus propiedades y las de los gobernados existe la misma distancia que hay entre la música y las bandas militares; el pueblo lo sabe, ellos lo saben; sin embargo vuelven a subir sus salarios como si se tratara de una tarea legislativa burocrática y no de la más alta responsabilidad constitucional, como que el capítulo que informa de sus atributos y obligaciones abre la Constitución Nacional, es lo primero que encuentra el lector de la carta magna. Se engancharon a los trabajadores del parlamento, entonces se subieron sus salarios un 40 por ciento. Ni los diputados y senadores del Frente de Todos creen en el mentido 29 por ciento del presupuesto. ¿Por qué acuerdo social deberíamos los trabajadores de todas las actividades quedar comprimidos en el techo del 35 por ciento, cinco puntos debajo del 40 que se regalaron?…

“Es preciso recordar que el Estado es una institución monopólica que toma decisiones colectivas vinculantes (obligatorias) – respaldadas por la amenaza de emplear la coerción física – de cuya efectividad depende la democracia para asegurar los derechos ciudadanos, pero que puede volverse contra ésta si el poder que concentra es opaco, auto-referenciado y se refugia en el secreto”, dice así el Dr. en Ciencias Sociales (FLACSO) Osvaldo Iazzetta en “Democracia Delegativa (pág. 105). No es el secreto lo que al cronista lo perturba, en esta ocasión (hay demasiado contrato secreto que no permearía en una democracia intensa); el punto ponzoñoso ahora bajo crítica, es que la inestabilidad que provoca una pobreza tan alta como la que vivimos en Argentina, provoca una tensión extrema en el mismo sistema democrático. Esa es la alarma que se enciende con cada punto de pobreza que se suma; lo mismo sucede cuando se agranda la desigualdad social.

En ese territorio de angustia y congoja colectiva, elevando los congresistas sus salarios – a quienes pocos les atribuyen méritos políticos -, no hace más que ahondar el abismo que se abre entre la dirigencia y el pueblo. No era necesario mostrar que lo hacen porque pueden, cuando el país entero no puede ni aunque quiera. Aquellos dos sujetos de mi último sábado sudaban rabia contra los políticos; sé que se replican, ahora sí con sólidos argumentos, en los millones de desventurados que va dejando como reguero de pólvora este descalabro económico.

Y se me viene a la cabeza, ese retrato descarnado de la pobreza hecho literatura: “Algunas veces en la noche yo pensaba en la belleza con que los poetas estremecieron al mundo y todo el corazón se me anegaba de pena como una boca con un grito. Pensaba en las fiestas a que ellos asistieron, las fiestas de la ciudad, las fiestas en los parajes arbolados con antorchas de sol en los jardines florecidos, y de entre las manos se caía mi pobreza”, dice Silvio Astier, el triste personaje de Arlt en su “El juguete rabioso”…”A mis oídos llegan voces distantes, resplandores pirotécnicos, pero yo estoy aquí solo, agarrado por mi tierra de miseria como con nueve pernos”.

4 comentarios

  1. Muy cierto todo Néstor, podríamos ahondar en el análisis de sus conductas cuando les toca administrar los fondos públicos, el principio rector de la «ética del gasto público» les es ajeno, despilfarran porque pueden como bien dices sin el más mínimo reparo o consideración hacia quienes somos sus administrados.

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