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En la sala donde se ventila el crimen brutal de Sebastián Villareal el clima está preñado de un mal presagio; sin decir nada todos saben que de ahí nadie va salir airoso, aunque el veredicto final envíe a la decena de acusados a la cárcel. Antes, ya perdieron todos: la familia entera cuando al padre de Martina y Santiago le abrieron el pecho de dos disparos inclementes.
“ Sr. ´Gris´, ¿estuvo en la cárcel?…”Sí, por robo calificado”
“¿Qué nivel de estudios tiene, tiene hermanos?”…”Segundo año del secundario, sin terminar. Sí, tengo hermanos, a uno lo mataron por la espalda”
“ Díganos, Sr. ´Marrón´, ¿cuántos años tiene, es casado, tiene hijos?”…”22 años. No, estoy en pareja y tengo dos hijos chicos”
“ Sr. ´Negro´, alguna vez fue herido?”…”Sí, de bala”…”¿Denunció el hecho?”…”No, señor”
A la hora en que el tribunal escucha de su propia boca los datos personales de los traídos a juicio, asistimos a una larga enunciación del desastre ocurrido en los cuadrantes más perforados por la droga, la larga marcha del desempleo, el hacinamiento en pocos metros y dramas menores, pero que en conjunto son una bomba de tiempo que ya detonó, para sorpresa de quienes han vivido como si las personas sin capital social habitaran el inframundo por decisión propia.
Cárceles argentinas: el preso como mensaje
Ante la abrumadora colección de conflictos, deudas sociales y fracasos económicos, todos aspectos que nutren la vida del hombre libre – en sentido político -, la cuestión de los privados de libertad aparece en un estrato subordinado al grado mayor o menor de tensión con que los líderes de opinión inscriban el tema en la agenda; la más de las veces, el tema presos emerge del subsuelo informativo a la mesa de debate luego de un crimen de características cinematográficas, esto es, mucha sangre vertida o numerosas víctimas. Al tratarse la carcelaria de una población infestada de reproches, pre juicios, estigmas y desconocimiento, carga con una identidad que no parece ser autónoma, propia, sino construida por el conjunto de actores sociales que intervienen en el proceso de legitimación-desacreditación-caracterización.
Hagamos el esfuerzo de establecer algunas coordenadas para interpretar el conflicto latente que habita la trama social de este agrupamiento humano privado de la libertad.
Como para entrar de a poco en tema tan árido, sobrevolamos conceptualmente el sustantivo abstracto “libertad”, al solo propósito de situar al lector en el plano de mayor textura dramática que emerge del condenado: “Reclusión entre cuatro paredes”, como señala la voz popular.
Desde la teoría política la libertad ofrece tres sentidos: la libertad liberal, la autonomía y la libertad positiva. Solo nos detenemos en la última enunciada – libertad positiva -, en tanto atraviesa la problemática carcelaria con un registro muy potente. En la literatura técnica se habla de las teorías socialistas como su fuente primera; se habla de libertad cuando se precisa señalar que la libertad debe alcanzar también su poder positivo; debe significa la capacidad práctica, material, de concretar lo que en abstracto ofrece propositivamente la Constitución; esto es, alimentarse adecuadamente, cobijarse bajo un techo propio, trabajar sin ser explotado.
Con lo dicho ya estamos de pie en el territorio carcelario con una primera aproximación a su nutriente esencial. Hay mucha ausencia básica en la construcción social histórica del individuo al que la justicia encerró en la cárcel.
Para superar el frágil estado conjetural, el Sistema Nacional de Estadísticas Sobre Ejecución de la Pena (SNNEP) ofrece la viga madre que soportará el examen sociológico anunciado.
Desde el 2002, cuando estallara el diseño democrático liberal post dictadura, con picos de pobreza alcanzando el 65 por ciento de la población (INDEC), el aumento de la población carcelaria fue del 142 por ciento respecto del 2023. Así, a comienzos de siglo había 46.288 presos; al final de esa línea de tiempo se alcanzó la cifra de 111.967.
En el informe oficial se destaca la presencia mayoritaria de jóvenes, varones, argentinos y con un bajo nivel de escolarización.
6 de cada 10 tenían solo estudio primario o aún menos.
El 54 por ciento eran menores de 35 años.
Poniendo en comparación la tasa de personas presas en Argentina y la de países desarrollados, se advierte que mientras en nuestro país se eleva a 240 cada 100 mil habitantes, en Países Bajos es de 65; en Alemania de 67; Suecia, 82; Japón, 33…
El trabajo como hecho histórico
Karl Mark será el primer intelectual en poner en discusión lo que aparece deliberadamente velado en la aproximación de la opinión pública: los fundamentos mismos de un orden injusto en la sociedad industrial capitalista. Junto a Friedrich Engels están enrolados en el vasto movimiento social que protesta ante el nuevo orden y las consecuencias que provoca en los trabajadores. Aquel viejo orden feudal triturado políticamente por la Revolución Francesa no había trocado en una vida descomprimida de urgencias para los pobres, ahora asalariados. Ajustando el análisis la lente del Materialismo Histórico nos permite escrutar un costado crítico de los privados de libertad, emparentando sus avatares con las del sujeto social proverbialmente damnificado por el modo de producción vigente desde la Revolución Industrial, por tratarse en definitiva de productos sociales que operan para equilibrar las demandas en la sociedad de intercambios.
No es materia de este trabajo producir herramientas que justifiquen la comisión de delito alguno. La espesura de la tragedia que soportan familias como la de Sebastián Villareal mantiene a raya cualquier pretensión en tal sentido.
Sí creemos encontrar en ese inhóspito territorio la ocurrencia de fenómenos cuya fuente de producción está fuera de los muros. Preceden a la violación de la ley.
En tanto el Materialismo Histórico trata de explicar cada momento histórico y las formas en que se organiza la sociedad desde las condiciones materiales de producción y reproducción de la vida humana, es pertinente como recurso conceptual a la hora de comprender quién es y qué hace en la sociedad capitalista el individuo que pagará con su cautiverio desafiar el orden establecido por la superestructura. Del mismo modo, siendo el Estado arbitro de las tensiones que genera la desigual confrontación entre dominadores y dominados, institucionalizando las disputas, y el hombre en conflicto con la ley penal una pieza clave para difundir la alternativa orden o calabozo, la cárcel es en definitiva la cristalización de la supremacía del más poderoso. Normaliza la relación de dominación.
En el relato biográfico de los institucionalizados por la persecución penal, se repite la desocupación y la escasa o la mala ocupación. Justamente, el filósofo nacido en Tréveris, hará foco sobre lo que considera el primer hecho histórico de la sociedad humana, la lucha por la subsistencia: el trabajo. Su ausencia en el desarrollo del sujeto sometido a proceso también compone un incentivo, en el marco de una sociedad que celebra y estimula el consumo.
Entonces, aún considerando que la cultura del submundo del crimen consigna al delito como “trabajo”, nos encontramos con que el trabajo de superficie no forma parte de la tradición de los encarcelados. Tal dimensión de lo económico está ausente.
La familia, la semilla
A la hora de intentar comprender el universo carcelario asociando en el análisis enfoques cruzados, también parece procedente hacer uso del filoso constructo teórico con el que Pierre Bourdieu materializó el binarismo Portarse bien – Portarse mal. Llamó Habitus a la disposición a actuar, sentir, valorar y pensar de una cierta manera en lugar de otra. Disposiciones interiorizadas por el individuo a lo largo de su historia; el estado del cuerpo, en oposición al estado del alma.
Tanto en la fase preliminar como en la intermedia del proceso penal – instrucción y juicio – al sospechado se le impone desacoplarse de la trayectoria familiar; cuando es ampliamente aceptado que en la base de la estructura poblacional de los presidios casi siempre hay experiencias de vida al margen de la ley. Padres y hermanos atrapados por el dispositivo punitivo construyen día a día un programa pedagógico sobre la supervivencia de los inadaptados. A los integrantes de la familia que buscan su identidad por fuera de ese saber – “portarse mal” – los incomoda, interpela, asfixia, el aparato estatal de control social; cuando no es la sociedad la que se ocupa de dejarlos amurados al reo de la familia. Parece pertinente extender al barrio, los amigos de primeras experiencias delictivas, la trama de esos aprendizajes cementados en el tiempo objetivo de vida.
Para el encuentro del enfoque castigo-vigilancia con el sujeto normalizado, traemos al Foucault que desarrolla su análisis sobre la disciplina dando cuenta de la búsqueda política de producir un individuo normalizado; es decir, productivo, útil, económicamente rentable, dirá el autor de “Vigilar y castigar”. Vemos aquí otro cruce, otra intersección no casual: en la pretensión institucional de constituir sujetos normales se les ordena interiorizar normas para ajustar sus conductas; será también incorporación de saberes, sentires y pensamientos. Habitus. Pero esta vez para desandar la historia de su propio cuerpo.
Conclusión
No hubo nunca una sociedad habitada pura y exclusivamente por sujetos decentes, sin interés alguno en causar problemas a sus vecinos. Pero eso no solo no es posible en sociedades post industrialismo, sino que en pleno siglo XXI, con sociedades complejas como nunca antes, la inseguridad también apalanca los negocios del Poder (no necesariamente irregulares) y de los proveedores calificados del sistema. Hay ganancia para todos, aunque gesticulen de fervor legal ante la prensa domesticada.
Un avance mayúsculo en el proceso civilizatorio fue dejar en el pasado la restitución y promover la reparación del delito cometido. Ya no se le corta la mano o se deja sin un ojo a nadie. Menos mal…pero cuán lejos estamos de la antropofagia social en este tiempo inhóspito y cruel, donde hasta el más ilustrado y bien comido, amado en su infancia, con todas las posibilidades de ser un buen tipo, celebra que las cárceles sean un depósito de carne humana latente.
Y seguimos alimentando a la bestia.
Sin que nadie se haga cargo de la derrota política, cuando el colapso carcelario tiene el tamaño de nuestra decepción.
