“Dos presupuestos deben darse para justificar el control de la protesta. Primero, una injusticia de cualquier carácter que pueda ser reparada, que encuentre alivio. Después, un dispositivo político que atienda la demanda, la organice y ofrezca la respuesta”, apunta el doctor en Derecho. Es claro que los dos presupuestos desaparecieron del radar colectivo, hace demasiado tiempo. Sigue leyendo
Autor: Nestor Perez
La muerte de Lautaro Oliva, o un sistema que agoniza

Conflicto social: el abrigo de la orga o la orfandad del crimen
En nuestra desolada tierra, las protestas no son individuales; a nadie se pone a disputar solo, se trate de ir contra la injusticia de la Justicia; se trate de elevar el grito por los dolores que provoca una economía proverbialmente enferma, con esa producción tan naturalizada de ajustar siempre al desabrigado. Sigue leyendo
La política como tema recurrente, ante la pesada carga del fracaso
Un tiempo furibundo parece haberse apoderado de nosotros. Salimos a cruzar al otro – otros – por cuestiones que no merecen, ya no atención, sino tan solo el gesto de detenerse a escuchar o leer. Un partido de fútbol, un pensamiento, una película, da lo mismo: de todo se habla con la violencia propia de los pueblos hostigados; excitados por inenarrables derrotas. Frustración es lo que nos sube por la garganta y aparece en la boca cañon ya convertida en metralla.
Hablar todo el tiempo de política, en todos los espacios – afilado el puñal en la rugosa piedra de la arrogancia intelectual, o en la mentida verdad de los medios – habla de lo mal que estamos, no de prosperidad. Y los años se acumulan sin ver otra cosa que un despliegue discursivo, procurando razones aplastantes cuando apenas se trata de especulaciones desesperadas. Hablamos todo el día de política, como si discutir sobre el curso de los negocios públicos torciera o confirmara el rumbo impreso por los dirigentes. Sabe a decepción, profunda, abisal.
Así, ¿Dónde habría que poner el empuje germinal de una sociedad que, obstinada, anhela construir aunque más no sea los cimientos de generaciones futuras? ¿Dónde la forja de los productos culturales, aquellos con los cuales un pueblo comienza a ser verdaderamente libre? ¿Dónde quedan las chances de pensar un destino colectivo que haga fuego sobre los traidores, no sobre los disidentes?… Aún no hemos liberado del hambre a millones, me dirán, ¿cómo pretender cancelar el debate político?. Eso, acuerdo: no hay que cancelar el debate político, sino procurar marchar hacia un presente donde otras perspectivas nos conduzcan al futuro. El cronista no puede dejar de ver en el hablar todo el tiempo de política una pesada carga para generaciones que heredan, como destino natural, pensar en la Argentina de los próximos 50 años.
Para respaldar lo que digo con respecto a esa praxis perdurable de discutir Todo en términos ideológicos – yo simplifico enroscando aún peor la cosa: digo, hablar de política- busco palabras de Emilio Renzi, el alter ego literario del notable Ricardo Piglia (Los diarios… Tomo II): “me voy (de la reunión) todos hablan de política hoy, todo el tiempo”. Dice algo así, no estoy autorizado a encomillarlo como textual, pero, ya ven…Y nos separan de esa escena 60 años. Seguimos hablando de política todo el tiempo, como si eso nos hubiera permitido sacar la cabeza del balde de mierda.
¿Cómo puede un pueblo ser felíz hablando todo el día de política?, con sus resortes, claro: rosca, tramas, perspectivas, precios, tarifas, combustible, desesperanza, épica, traiciones, el mañana como hoja de ruta endemoniada…En los setenta se empezaba a encender el fuego en donde, ya sin democracia, nos asamos en el caldero del sometimiento; y la pobreza. Después el holocausto conocido; luego, la democracia; y esta amargura pesada que nos lleva a discutir de política hasta en la soledad de la ducha…
“La participación de los asalariados alcanzó su máximo histórico hacia el año 1954 y, luego de descender, volvió a alcanzar niveles similares en 1974. Desde entonces, la tendencia ha sido –con grandes oscilaciones– decreciente, con niveles muy bajos durante la última dictadura militar, así como durante la crisis hiperinflacionaria de la década de 1980. Si bien los años noventa representan una recuperación relativa respecto de la década anterior, tras los primeros años del decenio la proporción del producto en manos de los asalariados volvió a descender sostenidamente”, explicaba poco tiempo atrás un informe de CTA CIFRA, coordinado por Eduardo Basualdo. Nuestro hoy es desolador, ahoga hasta la esperanza más rocosa. Por eso seguimos pensando. Críticamente.
Estamos a punto de caer otra vez en las garras de la expresión más sórdida del conservadurismo, luego del fracaso económico social y político del instrumento creado por CFK. ¿Entonces, qué haremos?… Si politizar cada baldosa de la interrelación social no logró nada, en términos venturosos, ¿no habrá llegado la hora del compromiso fáctico, concreto, el que nos infunde certezas, aún vacilando?…Un pié y después el otro, donde sea: las asambleas de barrio, el centro vecinal, el sindicato, el club, la unidad básica, las muchas orgas que ennoblecen y organizan la tarea colectiva; también, exigiendo en serio, hacer transpirar a los representantes, no apenas protestar en redes sociales porque año tras año ponen distancia con los representados.
¿seguiremos discutiendo rabiosamente, echando fuego por la boca, con el otro como enemigo, cuando los menos – privilegiados – sean todavía menos, y los más – desarrapados- no dejen de crecer?…
Cierro esta columna en beneficio de mis contradicciones, que quizás disfrazo de apelación: ”Negar el carácter ineliminable del antagonismo y proponerse la obtención de un consenso universal racional tal es la auténtica amenaza para la democracia”. Dice así, Chantal Mouffe, intelectual que desde su “El retorno de la política” fogoneara la vocación hegemónica de CFK.
De antagonismos está hecha la escritura argentina, no es pese a lo cual hay que pensar en construir políticamente, sino justamente por lo que hay que hacerlo. Pero no dejo de pensar en que la política como tema universal en boca de los argentinos, no hace más que subrayar nuestro fracaso como sociedad.
Malvinas 40 años, a la memoria de los caídos
Tan afectos a caracterizar como héroes a quienes, por circunstancias casi siempre ajenas a su voluntad, son víctimas con mayúsculas, los argentinos estamos a horas de evocar la recuperación de Malvinas como se hubiera tratado de un hecho político convertido en memoria por obra de un gobierno del pueblo; y no obra de la más atroz de las cinco dictaduras precedentes.
Los soldados “in” voluntarios, jovencitos, muchos de los cuales ni siquiera eran admitidos en los cines de la época por su facha de niños, se encontraron bajo fuego en una guerra cuya viga madre fuera el propósito de perpetuarse en el poder y seguir privando de las urnas al pueblo argentino. Huelgas obreras, desindustrialización consumada, deuda externa multiplicada por seis, la vida de miles convertida en un tormento inagotable en el inframundo de la clandestinidad, quiebre en el frente interno. Impugnados. Con sangre de compatriotas ahogando sus prontuarios, la dictadura se aferró a la aventura de Malvinas.
Razones históricas, geográficas, políticas y jurídicas le daban la razón a nuestro país en sus reclamos sin desmayos por la soberanía sobre Malvinas. Pero la nación misma era cautiva de un ejército enemigo. La Constitución, que nos habían hurtado como delincuentes que fueron, dice en su artículo 75, inciso 25, que al Congreso corresponde autorizar al Poder Ejecutivo a declarar la guerra. Y que solo a los diputados les corresponde la decisión de reclutar tropas: solo el pueblo tiene el derecho de enviar a morir al pueblo. Alucinados y crueles, enviaron a morir a quienes debían proteger, sin que nadie pudiese eludir la orden ilegítima.
En diciembre de 1982, la rendición llevó a la propia dictadura a examinar lo ocurrido. Un año más tarde, el informe Rattenbach será lapidario: los jefes militares, usurpadores del poder, perpetradores de una masacre contra su propio pueblo en beneficio de intereses particulares, dentro y fuera del país, habían ocupado las Malvinas especulando con una victoria, la que capitalizarían para mantenerse en el poder. En el mismo escrutinio volcado en 17 volúmenes, se dirá que torturaron a los soldados argentinos, repitiendo el accionar que, en el continente y desde marzo de 1976, llevaron a cabo con disidentes, obreros, estudiantes, mujeres embarazadas y homosexuales.
Uno de los trabajos de investigación más notables de la historia nacional, se mantuvo oculto 30 años. En 2012 la presidenta Cristina Fernández desclasificó la reveladora “enciclopedia”. Adquirió volumen político por un corto tiempo. Y de nuevo se hundió en el mayor desinterés.
Los caídos en Malvinas y quienes volvieron de las islas fueron y serán orgullo nacional, generación tras generación. Por haberse batido sin considerar por un instante lo que se había pergeñado a sus espaldas, a espaldas del pueblo. Por batallar apretando el miedo en cada pliegue del cuerpo, sin consignar en sus ojos otra cosa que la imágen del suelo patrio soberano.
Aquella última batalla de la segunda guerra mundial que se escenificara en el Atlántico Sur, esculpe en la memoria la sentencia ya patrimonio del dolor colectivo: Nunca Más.
