Cultura popular: a otros con la torpeza…

El clima es opresivo en ese vestuario mal dispuesto donde un púgil, muy técnico – casi un esgrimista – se prepara para perder ante un hombre más fuerte y joven, mientras espera una palabra de estímulo que lo oriente en la tormenta que se avecina. Su preparador, toalla al hombro y mirada melancólica, lo mira sin condescendencia; lo mira con el respeto final que merece aquel que se hundirá para siempre. Es ahí, en esa pausa inquietante, donde el boxeador escucha el fugaz alegato que perfumará de dignidad su gesto deportivo: “Hagámoslo por la belleza”… El cronista ni siquiera recuerda el título de la película dirigida por el notable John Cassavetes (naturalmente también ocupando como actor el rol del manager); lo importante no es eso, sino que el film aloja la certeza de que aún un deporte violento como el boxeo está habitado por la belleza cuando se lo ejercita con habilidad y dominio de sus secretos. A otros con la torpeza…

La cita sirve como preludio de una cuestión que se volvió central en tiempos donde el mercado marca límites al gozante, adecuando sus anhelos al rédito que de todas las cosas se espera. La mercantilización de los bienes culturales, en el caso que nos ocupa. Asistimos a la supresión de la belleza en la música popular argentina que nos ofrecen empresarios del espectáculo y medios masivos de comunicación. Belleza que sustituyeron por artefactos de conmoción sonora; como si la música y la poesía popular no se mereciera el reconocimiento prodigado en los trabajos de Jaime Dávalos, Atahualpa Yupanqui, Polo Jiménez, Félix Dardo Palorma, el barba Castilla, el cuchi; por mencionar a un montoncito de creadores, de antes y ahora;  y cayendo sin remedio en la injusticia para con los tantos no mencionados.

Consignando los años noventa como aquellos que marcaron a fuego también la autonomía en territorio cultural, el arte sigue dominado por los resultados que desde entonces se exigen; extremando la plusvalía, lo que se espera de cualquier mercancía; la belleza dejó sus costas y sigue a la deriva; tal vez con el mismo gesto trémulo de quienes son sus aliados. El arte (¿el artista?) parece haber perdido su aptitud insubordinada, para pasar a engordar el espacio de los “adaptados”. Entonces si hay que gritar, se grita; si hay que atropellar los silencios y desollarlos, pues se lo hace. Todo parece reducirse a un gesto atlético destinado a conseguir rápida adhesión. Y mucho dinero. Si hay que imprimir a la narrativa escénica conceptos tales como “chaca-teto” y “chaca-cumbia”, se imprime, sin reparo ninguno. Se busca – naturalmente – el aplauso fácil, casi un ejercicio práctico; sin lugar a la segunda observación, la que permitiría penetrar hacia capas más profundas de la propuesta.

En una instancia muy marginal, respecto de los grandes espacios ocupados por los productos comercializables – territorios a la intemperie -, otros músicos se debaten con la necesidades de ser escuchados. Tocan donde se abra una chance. Entonces, en esa circunstancia asoma otra pieza digna de ser diseccionada: la propina musical, la recaudación que se conoce como “gorra”. O sea, cuando es el público el que impone un criterio estético (o apenas económico) para decidir cuánto vale el trabajo del músico/a. Lo curioso es que este modo de trabajar se verifica en lugares donde lo único cierto son los precios de los productos que se consumen. Exacto, en bares. ¿Alguien imagina el absurdo de comerse media docena de empanadas, regadas con un salteño como el de la zamba de Dino Salussi (“Carta a Perdigero”), y después pagarle al mozo de acuerdo a si le gustó o no la oferta gastronómica?… ¿Por qué trabajadores del arte como somos los músicos debemos someternos a tal indignidad?…¿Será que, aún disfrutando de la oferta artística, estamos preñados de prejuicios sobre su verdadero valor, en el “mercado de bienes y servicios”? Un gestor del automotor tiene tarifas por sus servicios, lo cual está consagradamente bien (cualquier oficio o profesión daría igual); ¿pero no le aceptamos a un músico que nos diga cuanto vale su arte? ¿En qué lugar de la disputa por los sentidos eso está bien?…

El experto en cuestiones de cultura, antropólogo y escritor,  Néstor García Canclini, dirá: “Hay experiencia estética cuando se nos dice un mensaje de un modo diferente a la publicidad o al discurso político, moral o religioso“ No hay allí una solución, sino algo irresuelto, insumo para una experiencia de un carácter distinto. ¿Qué podría ser más excitante?… Nos han acostumbrado a la brutalidad, debemos abolirla; en ello empeñar cada instante sobre cualquier escenario. Se necesita un discurso musical desenfrenado porque la pausa invita a pensar. Y a nadie le conviene semejante atrevimiento cuando los negocios están en juego.

Para cerrar esto que no pretendo sea letanía, cedo la palabra a aquel hombre cuyo nombre se evoca al pisar el escenario mayor del folclore argentino; en “El canto del viento”, dice Atahualpa Yupanqui: “En el canto popular el hombre habla con el lenguaje de su territorio. En el se expresa el monte florido, el río ancho, el abismo y la llanura (…) la música, la pura melodía, traduce el pago, la región. El hombre canta lo que la tierra le dicta”. La tierra nos dicta sin levantar la voz, para que el mensaje se nos detenga en la memoria. El grito nunca será un aliado para traducir su lenguaje. Cancelar el desdén a quienes, en tanto músicos populares argentinos, traducen ese discurso sin sobreactuaciones, es una tarea pendiente. Antes que la belleza decida abandonarnos a nuestra suerte. Maestro Casssavetes, lo hacemos por la belleza, créame… pero sin reflexión colectiva que impregne conciencia, nos seguirán tirando la toalla sin remedio.

 

Calor…

“Plantada la piedra en su peso, plantada la planta en sus raíces. Tenacidad del acto de permanecer. Pensamiento de afinca miento. Ya mucho me duele cada uno de esos árboles gigantes que debo mandar derribar para cambiarlos por pólvora, por municiones, por armas. Cada hachazo cae en mi tronco; su grito grita en mí su queja de desarraigo y muerte. Las jangadas bajan flotando por los ríos acollarando millares de palos. ¡Vamos!, le digo. ¡No se hagan los zonzos! Es preciso que se caigan para que la Patria se levante; es preciso que se vayan río abajo para que la Patria se quede y remonte” (1)

Córdoba es el saqueo del monte en clave de negocios. Se dijo mil veces. Mil veces nutrió la burla de quienes hacen negocio tan macabro. El monte ya no es. Lo que es calor es falta de verde. El verde que, en papel moneda de Estados Unidos, saquea el descanso de los sojeros. Sojeros que trocan ganado por agronegocios, vaciando de árboles allí donde se levanten como obstáculos, y después se preguntan ¿de dónde tanto calor? La depredadora marcha de quienes siembran la muerte del futuro no se detiene porque hoy nos ahoguen 42° de calor. Al Este de Córdoba el sol derrite el asfalto; al norte sofoca a poblaciones sin otro recurso que la “resignación”; no es Diosito, no es Mandinga; es la antropofagia de una clase de sujetos, que al amparo y complicidad de la dirigencia política, nos dejó desnudos para que sus hijos puedan subir sin tropiezos en la escala social, y reposar sobre herencias futuras. En una tierra que arde, todos los días más intensamente.

Un país que no puede soltar amarras hacia el desarrollo se vuelve primario una y otra vez: “La existencia de la producción primaria de la cual depende la economía argentina está ligada, a su vez, a la deforestación. Y es esta actividad una de las que más contribuye a su vez a la emisión de los gases de efecto invernadero a nivel global” (2)
El calor no es creación divina, es hijo legítimo de un sistema cruel que valora, aplaude y estimula el saqueo de los recursos naturales; no para vencer en el litigio por la emancipación, como lo plantea arriba el Supremo José Gaspar Rodriguez de Francia…sino para ser cada día más vulnerables a los designios de quienes medran con el sufrimiento ajeno.

Ref:
(1) “Yo el Supremo”, Augusto Roa Bastos / pág. 392
(2) “No es calor, es desmonte” Página 12

Lavoratorios y vacunas, la memoria sigue ardiendo

Somos un país dependiente. Que se retuerce sobre sus propios despojos cada cierto corto tiempo; no logramos ni con ocho años de crecimiento cavar los cimientos del desarrollo. Hoy un breve pero intenso sector de la sociedad plantea entrar en batalla con quienes producen y distribuyen las vacunas contra esta peste cruel del coronavirus. Si refriego un poco mejor mis ideas, no le confiero ni siquiera esa vocación. Apenas tocan timbres virtuales, al azar, y corren. Sigue leyendo

Laboratorios y vacunas, la memoria sigue ardiendo

Somos un país dependiente. Que se retuerce sobre sus propios despojos cada cierto corto tiempo; no logramos ni con ocho años de crecimiento cavar los cimientos del desarrollo. Hoy un breve pero intenso sector de la sociedad plantea entrar en batalla con quienes producen y distribuyen las vacunas contra esta peste cruel del coronavirus. Si refriego un poco mejor mis ideas, no le confiero ni siquiera esa vocación. Apenas tocan timbres virtuales al azar y corren a buscar más incautos. Sigue leyendo

Democracia, o la esperanza malversada

La multitud cruje bajo el peso de tanta expectativa. Años de crueldad extrema, donde la vida humana se extraviara en la demencia criminal de civiles y militares, empeñados en ejercer con fidelidad suprema la tarea del sometimiento a un pueblo pendenciero y de espíritu libre, quedan atrás; cerquita en el tiempo, pero lo suficientemente atrás como para comenzar a pensar en una nación con todos sus hijos dentro. Es el 10 de diciembre de 1983, vuelven los civiles electos a administrar el destino de los argentinos. El sol calienta otra vez. La sangre derramada subraya el epitafio de la honda tragedia que asoló Argentina.

30 mil desaparecidos. Industria nacional derogada. Cárceles clandestinas que agravian para siempre la condición humana. 600 argentinos muertos en una guerra absurda. Economía sometida. 45 millones de dólares de deuda externa. Al final de 1975 cada argentino “debía” al exterior 320 dólares; al acabar la dictadura, esa cifra se ha estirado a los 1500 dólares. Un pueblo sofocado de violencia estatal y apremios económicos, abre la boca para que el aire puro de la democracia alcance hasta el último rincón de sus pulmones.

De la ilusión al desencanto

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