En la marcha de los negocios del Estado casi nada es lo que se ve en superficie. Hay mugre debajo de las uñas. De cada armario emana olor fétido. Demasiados canales subterráneos cruzan de un extremo a otro la burocracia como para simplificar una caracterización inmaculada o virtuosa, a tono con la democracia imaginada al final de la carnicería de los Videla y Martínez de Hoz.
Entonces se pensaba que, con las instituciones civiles en marcha, elecciones periódicas, libertad de expresión, sin presos políticos encarcelados, se construían al mismo tiempo un presente despejado de angustias y un futuro venturoso para los argentinos del siglo XXI, nuestros hijos y nietos. Todo iba a suceder, creíamos, a la luz de la libertad que emanaba de la Constitución y su transparencia sería la contracara de la oscuridad tenebrosa de la dictadura.
Lejos de eso, nada iba a ser tan oscuro como el financiamiento laboral de la dirigencia política en funciones de gobierno. Lo de los sobre sueldos es lo que nos sacude hoy, sobre todo porque nadie parece querer controvertir esa acusación, que le cabe, de acuerdo al analista Andrés Malamud, a toda la dirigencia desde el retorno democrático. Politicos y jueces, dirá el académico que vive y enseña en Portugal. Sin ese dinero extra nadie podría explicar cómo viven lujosamente ministros, secretarios, jueces y parlamentarios. No ganan como un periodista ni un cajero de súper, pero tampoco son profesionales de la Champion League, y viven como si lo fueran.
Sobre sueldos, para reírse del ajuste fiscal que ahoga al descalzo. Sobresueldos que jamás admitirá nadie porque su fuente es el submundo de la Inteligencia, sórdido y peligroso como pocos estamentos. No por aptitudes para anticiparse a nada sino por su capacidad para maniobrar en terreno ilegal sin exponerse ni desnudar a sus mandantes. Es un campo minado, donde nadie tiene mucho que ganar al denunciar la maniobra. Como que nadie abre la boca para negar lo que Malamud repite ante quien quiera oír.
Hace nada, un año para ser exactos, la diputada Myriam Bregman, quien puntea la nómina de los màs creìbles en el sistema político, dijo algo parecido pero respecto de la plata narco que financia la polìtica, apuntando a todo el Senado que aprobó por unanimidad el blanqueo de capitales: “Un aporte màs al paraiso narco”, dijo la dirigente trotskista. Nadie salió a decir que mentía. Aunque dicen que en derecho no es dogma eso del que calla otorga, se le parece mucho, ese silencio es ensordecedor.
El autor del manual de estilo de Milei, Carlos Saúl Menem y el padre del estropicio estatal a favor del sector privado, Domingo Cavallo, fueron condenados por sobresueldos, ¿alguien se acuerda?…Un sistema clandestino de pago a través de montos obtenidos de fondos reservados, sin rendición de cuentas, decía la acusación que fuera probada. Como Adorni hoy, ¿aquellos fueron los únicos, o solo los menos precavidos?…La certeza de impunidad pudo haber explicado esa falta de medida en la comisión del delito.
Dinero del narco, fondos de la inteligencia oficial, ¿qué otra fuente oculta explicará el buen pasar de los funcionarios, que deben hacer la vida de los ciudadanos más fácil, en lugar de este drama sin final tejido pacientemente hace décadas?…
Es justamente en democracia donde se debe exigir del gobierno salga de la penumbra donde sus movimientos furtivos rinden tan buenos dividendos. Hoy los millones sentenciados por la praxis ultra de Javier Milei lo reclaman, aunque su voz sea solo una letanía, casi parte de una misa de réquiem.
