Poniendo negro sobre blanco

El “negro” encabeza la fila hacia la mesa donde lo esperamos para celebrar su conquista. Detrás viene su familia, en calma, apretando en el pecho el orgullo por el graduado, pero sin gestos que delaten lo que probablemente sientan: con Emiliano, ellos también sacaron un poco la cabeza del barro…“Todo pasó muy rápido”, me dice, cuando apuro el paso para abrazarlo, esa tardecita triunfal.
Cada crisis social tiene efectos prematuros que todo el mundo advierte, y sufre, pero hay consecuencias que solo emergen con crudeza cuando los damnificados se hacen visibles, es el momento de la institucionalización, de la escolaridad. Los niños nacidos en profundas crisis económico-sociales no tendrán lo que los especialistas denominan 100 días claves, cuando los nutrientes esenciales son impostergables; más tarde, en la escuela, se pagará caro esa ausencia. El mal desempeño es hijo de esta carencia. Como fruto envenenado de esa desdichada siembra, será el trabajo de mala calidad y peor pago la continuidad de tan amargo proceso.
«Tengo q terminar el secundario para poder progresar, tengo q sacar a mi mamá y mi hermana de ahí»…
Infraestructura escolar deficitaria. Oferta educativa estresada. Horas de clases reducidas por factores múltiples. Abandono escolar. Aprendizajes de mala calidad, todos estos “problemas afectan en mayor medida a las niñas y los niños que residen en los hogares más pobres. La falta de oferta pública dificulta la inclusión de los niños de hogares de bajos ingresos en el nivel inicial. Las niñas y los niños socialmente vulnerables tienen una probabilidad más alta de repetir algún año o ingresar tarde en el sistema, lo cual está asociado con la obtención de peores resultados en los operativos de evaluación” El Informe UNICEF de algunos años atrás despeja toda duda al respecto del impacto de la pobreza en la escolarización.
Si a la ausencia de alimento vital se le suma un espacio inhabitable, la escolaridad se vuelve una quimera…
Afortunadamente, el destino no está escrito, ”sé que tengo que hacer las cosas bien”, dirá el Emi.
Emiliano Agustín Altamirano, el “negro”, tiene 17 años; vive casi desde que nació en una de los asentamientos más hostiles de la ciudad, “Los Eucaliptos”, barrio José Ignacio Díaz 1° Sección, donde la droga y la violencia tejen el paisaje cotidiano: Un hermano suyo cumple condena en un penal lejano, “cada uno toma sus decisiones y hay que hacerse cargo”, dice el Emi, como si hubiera vivido mil años. Al padre, su madre lo echó de la casa por maltratarla, un gesto corajudo que la caracteriza. Patricia, esa madre, hizo esfuerzos encomiables para sostener a la familia en medio de la nada, o menos.
Emiliano trabaja limpiando vidrios en la calle – donde el bulevar San Juan se encuentra con Balcarce – desde muy temprana edad. Llueve, él ahí, aferrado a su herramienta como quien lucha contra un imperio. Frío, él ahí, porque algo hay que llevar a la mesa deshabitada de cada día. La cana, bueno, un escollo más, que el negro elude con astucia y corrección. No entra en ese juego que propone el par de estúpidos que nunca faltan, esos que el sistema usa para organizar su escala de valores. Policías con intenciones de rendir a los pibes que resisten como pueden el legado antiguo que recibieron: un montón de ausencias, dolor antiguo y persistente.
Con todo el peso de ese drama social, Emiliano Agustín cursó su escuela secundaria. Y lo hizo sin trastabillar, en ninguna etapa, no se quedó una sola vez de año. Hace horas recibió su diploma luego de cursar el último año promocionando todas las materias. Con ese diploma cobija un puñado de anhelos, expectativas con las que amanece y clausura sus días de adolescente, “yo estoy orgulloso de lo que logré y de la persona que soy”, suelta como al pasar, sin imposturas, midiendo correctamente la estatura de lo alcanzado.
Alguna vez escuché al protagonista de una historia llevada al cine, abogado él, “salvemos el mundo, un caso a la vez”… certeza bellamente postulada: no podremos con todos a la vez, no pudimos ni con algunos, la cifra de pobreza infantil nos apuñala por la espalda a los argentinos. Es aquí donde se levanta como barricada la épica de Emiliano Agustín Altamirano, aquel que desoye los malos augurios, mandatos ponzoñosos, y se decide a vender muy caro su porvenir.
Mañana será educador, sugiere como al pasar, y nadie podría ser mejor para acometer la tarea de señalar el camino de la superación, esa luz lo acaricia suavemente, y él, por ahora, se deja ir, hasta que un nuevo reto le proponga disputar la vida, palmo a palmo, metro a metro, como siempre fue, como siempre será.
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Control de la protesta, el palo antes que la oreja

“Dos presupuestos deben darse para justificar el control de la protesta. Primero, una injusticia de cualquier carácter que pueda ser reparada, que encuentre alivio. Después, un dispositivo político que atienda la demanda, la organice y ofrezca la respuesta”, apunta el doctor en Derecho. Es claro que los dos presupuestos desaparecieron del radar colectivo, hace demasiado tiempo. Sigue leyendo

La muerte de Lautaro Oliva, o un sistema que agoniza

¿Qué nos duele de la muerte absurda de un niño? Debería preguntar primero si nos duele, pero asumo que luego de ver el estrago en La Tablita, eso pasa, nos sacude y duele. Sí, hablo de este niño, el que no pudo escapar al fuego de su casita hecha de ausencias; el pibe de solo 16 años; aquel al que llamar adolescente no alivia ni un instante nuestra responsabilidad, en tanto somos una sociedad cruel y desdeñosa con las víctimas. Laudatoria con los poderosos que pergeñan, alimentan y se valen de este estado de situación vergonzoso para cualquier democracia. Esos, todo ellos, huelen bien desde la cuna. Sociedad moderada con los reclamos de sus muchas angustias, al solo propósito de no caer en el mismo plano simbólico de aquellos a quienes ven como sofocando sus derechos: a circular, vender, comprar, consumir, divertirse, moverse cómodos en un territorio hoy atestado de pobres; sembrado de limpiavidrios como Lautaro Oliva…nada, ninguna actividad que los millones de Lautaros en Argentina puedan hacer ni podrán, en tanto son la parición legítima del último fracaso de la democracia (antes de éste que evoluciona ante nuestros ojos) ocurrido cuando amanecía el siglo XX.
¿Aguanta una democracia con una pobreza de escándalo? ¿Cuánto tiempo? ¿Qué pasaría si las «orgas» para- estatales no sofocaran como lo hacen la rebeldía de madres que no pueden aliviar el llanto del hambre sin esa ayuda alimentaria hoy insumo clave de la querella intra gubernamental? (¿O CFK no es parte del gobierno? ¿Cuándo se fue del cargo al que llegó electa en la misma fórmula del AF que impuso en soledad?)
En el marco de este estrago social, la política institucional – la que se instruye en el diseño que ordena la Constitución Nacional – se empeña en adecuar sus instrumentos para seguir ocupando cargos sin arreglo a otros planes que no sean sus conchabos. Discuten sobre la boleta única; que sí, qué no, como si de ello dependiera la bonanza de un pueblo, sus mejores perspectivas. O en una Córdoba, con peor situación en estas variables de pesadilla, ocupada la representación parlamentaria en darle a los intendentes más tiempo en sus ya largos tiempos de gestión. Y los de a pie haciendo esfuerzos sobrehumanos para alcanzar una canasta básica de alimentos que escapa al tranco de un velocista de élite.
El desarraigo de los principios republicanos es tal a estas alturas (40 años después del imperio de la leyes), que el fastidio colectivo solo encuentra alivio en la violencia horizontal. No la que busca impugnar modelos de sometimiento. Sino la violencia física contra el otro; con algún consenso se dice que es el control social que opera en forma superficial; cuando clandestinamente, a espaldas del pueblo, se tejen todos los negocios perdurables del enclave político-corporativo.
Lautaro limpiaba vidrios. No iba a la escuela. Se debían haber perdido sus anhelos de juventud en esos pliegues y repliegues de la miseria más abyecta. Su vida abrasada por el fuego de la minusvalía.
El cronista no conocía a Lautaro Oliva; sí a tantos como él. Estas desmayadas palabras van en su memoria; hasta que seamos capaces de ponerle freno a tanto víctima perdurable buscando en frentes colectivos una respuesta a la altura de las exigencias presentes; no dejando en manos de la representación formal que aún opera con injusto “prestigio” en el imaginario de los inadvertidos.
Se le pide a los nadie que tengan control de su conducta, que se porten bien y no le hagan daño a nadie (o sea, no devuelvan el daño que a ellos se les hace todo el tiempo; que eso no vale).
Una vez más clausuro con ayuda: “Pobres no son solo aquellas víctimas de una u otra forma de una mala distribución de los ingresos y la riqueza, sino también aquellos que sus recursos materiales e inmateriales no les permiten cumplir las demandas y hábitos sociales que, como ciudadanos, se les exige” *. ¿Alguien imagina que Lautaro se haya sentido simiente, principio, huesito de ciudadano?…
* Eduardo Bustelo, «Pobreza moral»
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La política como tema recurrente, ante la pesada carga del fracaso

Un tiempo furibundo parece haberse apoderado de nosotros. Salimos a cruzar al otro – otros – por  cuestiones que no merecen, ya no atención, sino tan solo el gesto de detenerse a escuchar o leer. Un partido de fútbol, un pensamiento, una película, da lo mismo: de todo se habla con la violencia propia de los pueblos hostigados; excitados por inenarrables derrotas. Frustración es lo que nos sube por la garganta y aparece en la boca cañon ya convertida en metralla.

Hablar todo el tiempo de política, en todos los espacios – afilado el puñal en la rugosa piedra de la arrogancia intelectual, o en la mentida verdad de los medios – habla de lo mal que estamos, no de prosperidad. Y los años se acumulan sin ver otra cosa que un despliegue discursivo, procurando razones aplastantes cuando apenas se trata de especulaciones desesperadas. Hablamos todo el día de política, como si discutir sobre el curso de los negocios públicos torciera o confirmara el rumbo impreso por los dirigentes. Sabe a decepción, profunda, abisal.

Así, ¿Dónde habría que poner el empuje germinal de una sociedad que, obstinada, anhela construir aunque más no sea los cimientos de generaciones futuras? ¿Dónde la forja de los productos culturales, aquellos con los cuales un pueblo comienza a ser verdaderamente libre? ¿Dónde quedan las chances de pensar un destino colectivo que haga fuego sobre los traidores, no sobre los disidentes?… Aún no hemos liberado del hambre a millones, me dirán, ¿cómo pretender cancelar el debate político?. Eso, acuerdo: no hay que cancelar el debate político, sino procurar marchar hacia un presente donde otras perspectivas nos conduzcan al futuro. El cronista no puede dejar de ver en el hablar todo el tiempo de política una pesada carga para generaciones que heredan, como destino natural, pensar en la Argentina de los próximos 50 años.

Para respaldar lo que digo con respecto a esa praxis perdurable de discutir Todo en términos ideológicos – yo simplifico enroscando aún peor la cosa: digo, hablar de política-  busco palabras de Emilio Renzi, el alter ego literario del notable Ricardo Piglia (Los diarios… Tomo II): “me voy (de la reunión) todos hablan de política hoy, todo el tiempo”. Dice algo así, no estoy autorizado a encomillarlo como textual, pero, ya ven…Y nos separan de esa escena 60 años. Seguimos hablando de política todo el tiempo, como si eso nos hubiera permitido sacar la cabeza del balde de mierda.

¿Cómo puede un pueblo ser felíz hablando todo el día de política?, con sus resortes, claro: rosca, tramas, perspectivas, precios, tarifas, combustible, desesperanza, épica, traiciones, el mañana como hoja de ruta endemoniada…En los setenta se empezaba a encender el fuego en donde, ya sin democracia, nos asamos en el caldero del sometimiento; y la pobreza. Después el holocausto conocido; luego, la democracia; y esta amargura pesada que nos lleva a discutir de política hasta en la soledad de la ducha…

“La participación de los asalariados alcanzó su máximo histórico hacia el año 1954 y, luego de descender, volvió a alcanzar niveles similares en 1974. Desde entonces, la tendencia ha sido –con grandes oscilaciones– decreciente, con niveles muy bajos durante la última dictadura militar, así como durante la crisis hiperinflacionaria de la década de 1980. Si bien los años noventa representan una recuperación relativa respecto de la década anterior, tras los primeros años del decenio la proporción del producto en manos de los asalariados volvió a descender sostenidamente”, explicaba poco tiempo atrás un informe de CTA CIFRA, coordinado por Eduardo Basualdo. Nuestro hoy es desolador, ahoga hasta la esperanza más rocosa. Por eso seguimos pensando. Críticamente.

Estamos a punto de caer otra vez en las garras de la expresión más sórdida del conservadurismo, luego del fracaso económico social y político del instrumento creado por CFK. ¿Entonces, qué haremos?… Si politizar cada baldosa de la interrelación social no logró nada, en términos venturosos, ¿no habrá llegado la hora del compromiso fáctico, concreto, el que nos infunde certezas, aún vacilando?…Un pié y después el otro, donde sea: las asambleas de barrio, el centro vecinal, el sindicato, el club, la unidad básica, las muchas orgas que ennoblecen y organizan la tarea colectiva; también, exigiendo en serio, hacer transpirar a los representantes, no apenas protestar en redes sociales porque año tras año ponen distancia con los representados.

¿seguiremos discutiendo rabiosamente, echando fuego por la boca, con el otro como enemigo, cuando los menos – privilegiados – sean todavía menos, y los más – desarrapados- no dejen de crecer?…

Cierro esta columna en beneficio de mis contradicciones, que quizás disfrazo de apelación: ”Negar el carácter ineliminable del antagonismo y proponerse la obtención de un consenso universal racional tal es la auténtica amenaza para la democracia”. Dice así, Chantal Mouffe, intelectual que desde su “El retorno de la política” fogoneara la vocación hegemónica de CFK.

De antagonismos está hecha la escritura argentina, no es pese a lo cual hay que pensar en construir políticamente, sino justamente por lo que hay que hacerlo. Pero no dejo de pensar en que la política como tema universal en boca de los argentinos, no hace más que subrayar nuestro fracaso como sociedad.