Transcurre el año 56, Argentina es un baño de sangre a manos de la dictadura que por tercera vez en la historia nacional ha derrocado a un gobierno elegido por el pueblo. Los golpistas la difunden como Revolución Libertadora. La historia de la infamia política argentina la conocerá como “Revolución Fusiladora”. Ernesto Sábato, antiperonista reconocido, está al frente de la dirección de la revista Mundo Argentino. Desde esas páginas denuncia las torturas de los represores que gobiernan a sangre y fuego; el artículo se llama “Para que se termine la interminable historia de las torturas”. Lo mismo hace en la Radio del Estado, en una participación cultural: “No puedo hablar de ningún tema literario mientras a poca distancia de aquí, en la cárcel de Las Heras, se está torturando a militantes peronistas”.
La denuncia, que le cuesta el despido del cargo de director de la revista, es de tal osadía y decencia intelectual que la reconoce su encumbrado adversario político, Arturo Jauretche, en un pasaje inaugural de “Los profetas del odio y la yapa”. Sábato es tirado a los perros, pero su figura se agiganta desde ese gesto temerario.
El que sabe de los horrores que se producen en el país lo grita sin miedo a las represalias; o mejor aún, tiene miedo, pero no lo paraliza, apenas lo inflama. Faltan veinte años para que tome parte del almuerzo de escritores con Videla, pero no empaña aquella valiente amonestación a la dictadura de chacales como Aramburu y Rojas.
¿Hasta cuándo va a callar la dirigencia que apoya a Milei el descuartizamiento social de esta hora?…
¿Por qué no se levanta en ese elenco de furiosos antiperonistas alguien que diga “basta, con los viejos no, con los enfermos de cáncer, no, con las personas con discapacidad, no?
El notable escritor que fuera el físico nacido a comienzos del siglo XX perdió su cargo y es probable que su propio círculo íntimo – intelectuales y amigos genéticamente conservadores – lo haya echado a la banquina, pero la brutalidad de la tortura es el límite y Sábato decide no trasponerlo.
En la Argentina de Milei no se tortura como política de Estado en las mazmorras del sistema, pero se muele a palos y se gasea a los viejos que protestan todos los miércoles. 1370 manifestantes fueron heridos. 165 personas fueron detenidas arbitrariamente. Entre los años 24 y 25 se duplicó la cantidad de periodistas heridos.
Javier Milei se ensaña con los trabajadores a los que quiere sometidos y en silencio.
En 30 meses de gestión ultra se perdieron casi 9 mil puestos por mes (van 266 mil); se destruyen 800 empresas cada 30 días (van 24 mil); se somete a las provincias por desfinanciamiento, a lo que estas contestan – sumisas y aterradas – apretando el nudo al cuello de sus gobernados, en una replicación enloquecida del daño económico, físico, emocional y psiquico proporcionado por el malvado que ocupa la Rosada.
Todo compone una tragedia social de una magnitud jamás vista bajo gobierno democrático alguno, sin que nadie del elenco a sueldo – funcionarios y periodistas – confronte las antidemocráticas decisiones, disparos al corazón de los más vulnerables. Viles y venales, enrojecen sus manos de aplaudir, se empujan para salir en la foto con el demencial sujeto cuya boca es un instrumento de sembrar odio y es una cloaca al mismo tiempo.
A nadie se le ocurre decir públicamente que esta carnicería social debe acabar, que ya es demasiado, intolerable y cruel.
Otro intelectual graníticamente formado es parte de un gobierno conservador a principios del nuevo milenio, pero el escandaloso caso de coimas para aprobar una ley laboral regresiva de derechos (ley Banelco) lo decide a irse. Carlos Chacho Alvarez deja la vicepresidencia y detona la coalición llamada Alianza; dirá que “respeta las decisiones del presidente, pero que no puede acompañarlas pasivamente o en silencio”. Es 6 de octubre de 2000 y Chacho Alvarez se hunde en el silencio para siempre.
La dignidad humana en esta desgraciada hora nacional està siendo sometida de la manera más infame, quienes combatimos con palabras y acción a la ultraderecha no dejamos de decirlo; pero tal vez, si una voz se alzara díscola y a contrapelo otras le sucederían. El destino de la nación pueda que dependa de ese ingrávido gesto.
