La tibieza en la demanda de los créditos de Córdoba por parte del gobernador, ruego silente con bajo presupuesto de energía, parece acomodarse a la vieja idea de quienes observan la vida política con microscopio, como si de tejido humano se tratara, aquella que dice no intervengas cuando tu enemigo se está equivocando, referido, naturalmente, al escándalo Adorni; porque suponen que este oscuro y desagradable sujeto devuelve al eterno candidato Luis Juez su propio discurso anticorrupción. El senador, jugador sin más lealtad que a sí mismo, cree ser el único que podría abrir una brecha en el peronismo local para colar sus chances electorales. Parece que Llaryora también lo cree.
Uno quiere crecer sin hacer olas.
Otros creen tener chances solo haciendo olas.
Se sabe hoy que Myriam Bregman crece en la consideración pública. Su honestidad es rocoso patrimonio de toda la izquierda internacional; también se aplaude por lo bajo cada cruce con los libertarios cargado de fundamentos y potencia discursiva; pero como tantas veces, nada garantiza que ese reconocimiento se traduzca en votos.
Es el peronismo de Cristina Fernández y Axel Kicillof el que navega su barco agujereado sin reconocer nada de lo mucho que a sus gobiernos les imputa el joven, pobre, maltrecho de expectativas desde muy atrás en el tiempo, observador pasivo del quiebre económico de su abuelo y su padre. La dos veces presidenta y el gobernador bonaerense no levantan el perfil político hacia fuera del espacio enfrascados en acabar con el otro, en un giro endogámico inacabable que mucho se parece a un suicidio ante cámaras. Una y otro no construyen otra cosa que enemistades cruzadas, cuando MIlei convierte a la Argentina en tierra arrasada, cual Atila del nuevo milenio. Solo olas. ningún artefacto que salga al cruce de la ultraderecha ni que invita a pensar una salida que no sea un leve retroceso desde el extremo ultra.
El peronismo tiene mucho que explicar, el apoyo explícito a Carlos Menem, es un primer mojón del extravío político. Después la obediencia ciega a la líder cuando ensayó con Scioli y con Fernández, en soledad. En el medio, errores táctico y estratégicos, cuya lucubración es ajena a los pibes de los barrios destrozados por el paco, la explotación patronal y la violencia de todos los días, pero cuyos resultados impactaron severamente en sus vidas.
Nadie se hace cargo de nada. “El apoyo popular a Milei es fruto de las nuevas tecnologías y el embrutecimiento político”, repiten como en trance, “nosotros no tenemos nada que ver”, se dicen aliviados. El lugar del otro es el espacio que el progresismo lo llena aún hoy con bruma y bronca.
Hábil interprete de la sociedad, el antropólogo Pablo Semán, conocedor como pocos de la cultura de los sectores populares, interviene crítico: “Hablan de interpelar al elector pero nunca escuchan a nadie (…) Cuando les preguntás cómo ganó Milei, todas son cosas externas a ellos, nada de las propias responsabilidades”, y cierra lapidario con el peronismo kirchnerista: “¿Por qué elegiría a esta oposición?”…
Con la rusa afinada y con muy buena prestación, pero que no despeja las dudas respecto de la capacidad del troskismo para perforar su propio techo, y el peronismo progre en bancarrota y peleando por la herencia de los abuelos, estamos ante un programa de devastación que solo se detendrá por fallos de su propia máquina; y peor que el seco aquel del tango que implorante dice: “Viejo Gómez, vos que estás de manguero doctorao, y que un mango descubrís, aunque lo hayan enterrao. Definime si podés esta contra que se ha dao. Que por más que me arremango no descubro un mango”
Así de secos estamos. Aún así, sin pedir armisticio en esta guerra por la supervivencia del cuerpo social bajo fuego, seguimos cuestionando los pasos dados y pensando cómo dejar atrás las tinieblas y el oscurantismo mileista; pero sin descubrir a ese otro esquivo, escucharlo y soportar su dolido escrutinio, el futuro solo dependerá de los que hoy nos envenenan el día a día.
