La unidad del subsuelo, cuando la soga se frota las manos

La furia del imperio británico retumba en las 13 colonias del este estadounidense que se han levantado buscando la libertad politica; los padres fundadores y el grupo de firmantes del acta saben que sus vidas dependen de que esa temeridad emancipatoria se corone con éxito. Ahí, en esa hora tan excitante como peligrosa, con la pluma en la mano que se dispone a firmar el extrordinario documento, Benjamin Franklin no puede contener la certeza que le gana la boca trémula: «Debemos estar unidos, o nos colgaran por separado»…
Esta anécdota viene del fondo de la historia, que alguien leyó y sacó a la luz; bueno, precisamente de eso podría ser esta reflexión si no nos propusiéramos con ella otra cosa que una entrada, un prólogo, porque ya hay quienes sostienen que lo que matará a la literatura no será la IA sino la incapacidad de ver al otro, de percatarse de su sufrimiento, sus alegrías, sus angustias y celebraciones. En definitiva, ese otro que hoy nos sigue pareciendo menos central que el algoritmo es al que deberíamos estar convocando a la unidad en serio, no la de la política endogámica – ese tan obtuso nosotros – para salir a defender los postulados humanitarios que cayeran en desgracia con la ultraderecha en el gobierno de esta nación; qué le dio origen lo sabemos muy bien: la defección de una dirigencia ocupada en su propia promoción, río arriba del ciudadano con muchos problemas sobre el lomo, desatendidos al extremo del ninguneo. Consigno solo dos, como al pasar, inflación e inseguridad. Nunca fue poca cosa, demasiado caro lo estamos pagando.
La notable convocatoria de y para mujeres que fuera el Encuentro Plurinacional de Mujeres, Lesbianas, Travestis, Trans, Bisexuales, Intersexuales y No Binaries, señala el camino para urdir una trama de resistencias a este programa demencial de aniquilamiento social. Todos los datos de la economía libertaria son lo suficientemente dramáticos para seguir pensando en proyectos personales, de los Kirchner, los Llaryora, los Zamora, la izquierda internacional, o los evangélicos, (estos últimos en la mira de cualquier político con ambiciones). Hoy acelera un plan de devastación de todo lo que insinúe una pizca de organización colectiva, solidaria, cooperativa, del abrazo afectivo al indefenso, de resoluciones populares que enfrenten el dominio plano, total y absoluto de la propiedad privada, con las fuerzas represivas estatales para aplastar disidentes. Con la justicia de los injustos, con los decretos socavando los pilares de la democracia representativa; con favores hacia quienes tienen en sus manos las palancas de la economía hiper concentrada, marchando a paso redoblado sobre el mundo del trabajo para incrementar sus beneficios, al amparo de un estado que otorga ayuda a los que ya venían haciendo grandes negocios. Como que jamás en democracia un gobierno electo por el voto popular oficio tan descaradamente de garante de los intereses del poder económico. Al punto que el presidente se ufana: nunca nadie se atrevió a tanto, ni con las armas de la dictadura en las manos.
Hablar de unidad después de tanta derrota disolvente es como hacerlo de una sustancia resbaladiza que a todos nos seduce al tiempo que nos asusta, en tanto se trata de un contrato social en medio de los profundos desajustes que trae esta democracia de cuarenta años; pero es que, francamente, el cronista no encuentra ningún otro mecanismo plausible para contener la despiadada política ultraderechista, esa que pone en la calle al que tiene un trabajo y le niega la oportunidad al que lo busca, que hambrea y sacude de violencia cada plano de su gestión, simbólica y de la otra.
En los primeros años del gobierno de Fernández-Fernández, Damián Selci decía, «no se puede querer que los medios no influyan en la gente y simultáneamente no impulsar la militancia de la gente. ¿Por qué? Porque si la gente ya no escucha a los medios, ¿a quién sí escucha? La respuesta es sencilla: se escucha por fin a sí misma, es decir, se re-úne –y para reunirse se organiza, y para organizarse ha de volverse, en un sentido amplio de la palabra, militante. El autor de Teoría de la militancia intentaba en aquellos años donde Macri era lo más dañino que nos había pasado, una respuesta a la pregunta que hoy, con el sacrificio a que está siendo sometido el pueblo, arde en los espacios de reflexión: ¿Qué hacemos?…porque no está quedando nada en pie.
Tal vez un buen punto de partida sería que esa pregunta gane todos los espacios posibles, hasta lograr algo parecido a una práctica militante transversal que definitivamente tumbe de cabeza esta confusión colectiva; para que la visión del futuro no sea la del periodista, científico e inventor del pararrayos al firmar el acto de independencia, «colgados por separado» porque no supimos qué hacer cuando el verdugo venía con la soga en la mano, sonriendo de costado.

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